martes, 8 de noviembre de 2011

Absurdo materialismo


No es coincidencia, creo yo, que nuestra época, que ha despreciado la filosofía como una disciplina capaz de decirnos algo acerca de la realidad, sea la misma que haya decidido que el materialismo es el único común denominador para todos los hombres, y que cualquier idea que vaya más allá no es más que la manifestación de nuestra subjetividad.
Sin embargo, basta con un breve ejercicio mental para darnos cuenta queesta doctrina es evidentemente absurda. El materialismo propone que sólo existen los seres materiales, es decir aquellos que se encuentran en un lugar y tiempo determinados, mientras que los restantes, aquellos que el ser humano cree que existen pero no son materiales (dioses, hadas, etc.), sólo son ilusiones de la mente que los percibe, inducidas por otras causas materiales. El problema con esta idea es que, de ser cierta, necesariamente debemos concluir que el propio materialismo no existe de ninguna forma relevante, pues se trata de una idea, y eso no es algo que ocupe un lugar en el espacio o el tiempo, o corresponda a un objeto sustancial determinado.
En un universo donde sólo existen los seres materiales, sólo podríamos llegar a afirmar que el materialismo corresponde a una determinada disposición de los impulsos eléctricos en las neuronas del cerebro, pero ni siquiera podríamos decir si esa configuración neuronal es “verdadera”, mejor que el idealismo o más válida que otras, porque esas categorías tampoco tienen un sustento material inmediato y por lo tanto podemos afirmar con seguridad que no existen en ninguna forma significativa.
Para ser justos, debemos admitir que si bien es cierto que la razón muestra que el materialismo es absurdo, el materialismo, a su vez, puede replicar que la razón tampoco se identificar con ningún objeto corporal y por lo tanto no existe. Supongo que luego debe uno elegir entre ser razonable o materialista.
No es que los materialistas se molesten en respetar los derechos humanos (una más de esas molestas entidades espectrales), pero debemos anotar que si estuvieran en lo correcto, la mejor forma de corregir los errores las ideas erradas en los cerebros de los demás no sería apelando a la razón, sino a la medicina, y ahí mismo tenemos servida la receta para los regímenes totalitarios ateos, como los establecidos en el S. XX.
Una versión un poco más elaborada de esta misma idea surgió a inicios del S. XIX, con el positivismo de Augusto Comte. En lo esencial, esta escuela afirmaba que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico y negó que la filosofía pueda decirnos nada acerca del mundo, tarea que correspondía exclusivamente a las ciencias. Desde luego, los filósofos no tardaron en hacer notar que este mismo principio fundante de su filosofía, no se fundaba en ninguna forma de conocimiento científico y por lo tanto, al afirmar su validez, estaba admitiendo que había algo que sabían sin referencia a ninguna ciencia.
A pesar que no toma más que unos momentos en refutarse, el materialismo goza de enorme popularidad en nuestros días, en mi opinión, debido a la sensación de poder y maravilla que naturalmente provocan los éxitos de la ciencia y la tecnología. De ahí a ver a las disciplinas científicas como la única forma válida de conocer, y hacer un ídolo de ellas, no hay más que un paso, y así tenemos que el aire bajo las alas del nuevo ateísmo no es ninguna nueva escuela filosófica, que desarrolle una visión sistemática del mundo, sino simplemente la admiración del hombre simple ante los logros de la técnica, que está dispuesto a aceptar cualquier cosa que un tipo en bata blanca le diga, aunque no la entienda.
Como católico, tengo “tejado de vidrio”, pues he hecho profesión de aceptar todo lo que un tipo de sotana me diga, pero al menos yo sé que tengo una religión. Los materialistas también la tienen, pero no lo saben. Valga entonces la cita de Las Confesiones de San Agustín (Libro VI, Capítulo III).
Sin embargo, desde esta época empecé ya a dar preferencia a la doctrina católica, porque me parecía que aquí se mandaba con más modestia, y de ningún modo falazmente, creer lo que no se demostraba -fuese porque, aunque existiesen las pruebas, no había sujeto capaz de ellas, fuese porque no existiesen-, que allí en donde se despreciaba la fe y se prometía con temeraria arrogancia la ciencia, y luego se obligaba a creer una infinidad de fábulas absurdísimas que no podían demostrar.

OBSERVACIONES

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