viernes, 22 de junio de 2012

Amor es Vida - Letra

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Amor es vida, vida es alegría
quien nunca amó vivió sin ilusión.
Alegres cantan sus melodías, 
las ansiedades del corazón. (Bis)

Coro
Alegre estoy, cantando voy,
Este es el día que hizo el Señor. (Bis)

Cuando recuerdo aquel amor Divino
que siendo Dios al suelo descendió.
Mi alma canta, mi alma goza
porque la vida me dio el Señor (Bis)

Coro

Yo soy feliz por cada día nuevo
por la ilusión de ver amanecer.
Por las estrellas y por el cielo,
por la alegría de renacer (Bis)

Coro

Por los caminos áridos del mundo
busco la huella de un amor feliz.
Soy peregrino, soy vagabundo,
un Cielo eterno brilla hoy en mí.(Bis)

Coro

miércoles, 20 de junio de 2012

Historia del rosario


Prólogo


         Entre las devociones con que el pueblo cristiano honra a la Virgen María sobresale el santo rosario; es la reina de las devociones marianas. Múltiples son las razones de esta afirmación. Destacamos algunas de ellas.Oleo de Sor María José Aranguren - Santa Clara (Palencia)

 El rosario tiene raíces muy profundas en el alma del pueblo cristiano. Para orar por un difunto, para pedir por una necesidad, para ejercitar la oración en familia... los cristianos recurren al rezo de esta devoción de manera espontánea.

 El rosario tiene una base escriturística amplia y sólida: sus misterios y sus oraciones están tomados de testos bíblicos. Esta oración es un resumen del Nuevo testamento.

 Difícilmente se puede encontrar una síntesis más armónica de  oración mental y vocal que el rosario; en él se ora con los labios, se medita con la mente y se ama con el corazón.

 La historia de la salvación está perfectamente presentada en sus momentos culminantes en los misterios del rosario.

 Cuando a algún sacerdote, por dificultades especiales, hay que dispensarle el rezo del oficio divino, frecuentemente se le conmuta por el rezo del rosario.

 La Virgen María, en apariciones tan sólidamente cimentadas por la actitud de la Iglesia jerárquica como las de Lourdes y Fátima, ha pedido esta práctica piadosa.

 Los santos, sobre todo los de los últimos tiempos, han excitado al pueblo cristiano, con sus exhortaciones y ejemplo, a la práctica de esta devoción.

 Los Papas, en incontables documentos de su magisterio, han recomendado insistentemente el rezo del rosario.

Prehistoria


         El Rosario, como forma actual, tuvo su prehistoria y su evolución. No fue una fórmula precisa y fija que la Virgen le entregara a Santo Domingo, tal como se representa en la iconografía. Ya se representaba así en dos cuadros del siglo XIII, destruidos en la revolución francesa y en los que aparecía la Virgen dando el rosario a santo Domingo. Con este tipo de representaciones iconográficas se trata de expresar el dono de la obra de santo Domingo, debida, aunque con elementos previos, a una iluminación sobrenatural, que le hizo estructurar y extender esta devoción en sus elementos fundamentales. Santo Domingo nace en 1170 y muere el año 1221. ¿Cuál es su obra como fundador del rosario? ¿Con qué prehistoria se encontró? Naturalmente se trata de la primera parte del Ave María, ya que el “Santa María” y las partes siguientes no se generalizaron en el rosario hasta principios del siglo XVII. Y hasta parece seguro que el nombre de “Jesús”, añadido a la primera parte del rezo avemariano, no se generalizó hasta mediados del siglo XIII.

         El rosario, como se verá, tuvo una evolución muy varia hasta obtener la forma actual, establecida por la autoridad de la Iglesia. Pero antes – ya se verá la parte que santo Domingo tuvo en ello- el caso, escribe el P. Getino, era saludar insistentemente a la Virgen, dirigirle esa gratísima salutación que le dirigieron el Ángel y santa Isabel, contemplar con ese dulce acorde su vida y, más aún, la de su Hijo divino, mezclar en esas guirnaldas de rosas marianas algunos Padrenuestros (que esos sí se rezaban completos), y entregarse al amor y a la imitación de la Madre de Dios por medio tan sencillo.”  

El rezo del Ave María en el siglo XIII


Es inútil buscar el rezo difundido del Ave María antes del siglo XII. Sólo se encontraría en algunas liturgias, no exentas de interpolaciones. Lo que sí se rezaba era el Padrenuestro.

Hacia el siglo XII no hay nada que merezca una consignación sobre el rezo del Ave María. Las homilías de los Santos Padres y los cánones de los Concilios recomiendan mucho la recitación del Símbolo de la fe, el Credo, y la oración dominical; pero el Ave María no aparece recomendada hasta finales de esa centuria, y eso una sola vez.  A veces se encuentran citados casos esporádicos, anecdóticos, del rezo del Ave María. San Pedro Damián habla de un religioso que todos los días iba ante el altar de la Virgen y le cantaba la salutación angélica.

En la crónica de san Bartolomé de Carpineto, se lee que el monje Oliverio murió recitando la salutación angélica, lo que también consta de otro monje, Reinaldo de Clairvaux, en tiempo de san Bernardo, que tenía sus delicias en repetirla. San Ayberto, que murió en la primera mitad del siglo XII, recitaba cada día cincuenta Avemarías; el monje Josión, algo posterior, cinco; una cierta Eulalia, de la que habla el Menologio cisterciense –aunque no es seguro que sea del siglo XII- también rezaba ciento cincuenta veces la salutación angélica. También recitaba un abundante número de Avemarías, Cesario Heisterbach que vivió en tiempos de Alejandro III y murió en 1240. Se cuenta asimismo de una señora, sin indicación de nombre, que recitaba la salutación angélica al ir a la iglesia y al encontrarse con alguna imagen de la Virgen, según refiere el Belvacenses. Del monje Bertoldo, benedictino del siglo XII, se dice que aprendió a recitar el Padrenuestro, el Símbolo y la salutación angélica. Hay que advertir que de san Ayberto consta que a las  Avemarías “añadía las palabras de santa Isabel.”

Las vidas de san Norberto, san Bruno, san Bernardo, santa Hildegarda y demás bienaventurados del siglo XII nada nos ofrecen de recitaciones avemarianas a pesar de su devoción a la Virgen. Las Constituciones de sus Órdenes respectivas guardan silencio en este siglo, lo mismo que las Constituciones de Concilios, Sínodos y Pontífices. No sólo no aparece prescrito   el rezo avemariano a los clérigos, sino que ni siquiera a los legos que no sabían reza el  Oficio divino. Solamente en los estatutos de Guigués se preceptúa a los legos rezar trescientos Padrenuestros por cada difunto. (Mabillón)

Solamente hay una disposición de carácter general en que se manda por Eudes de Sully, obispo de París, en 1298, que los presbíteros enseñen y se aprenda por los fieles el rezo del Padrenuestro, el Credo y la “Salutación  a la Bienaventurada Virgen” No se sabe el efecto que esto tuvo en la diócesis de París, pero se diría que el terreno se iba haciendo propicio al rezo avemariano. Como se ve, el rezo del Ave María no era usual, sino esporádico y anecdótico. Pero en adelante cambiaría.

Santo Domingo y el rezo del Ave María


         ¿Qué se sabe de santo Domingo en relación con el rezo de  las Ave María? No abundan los documentos pues consta que muchos han desaparecido. Sin embargo, hay datos de interés para saber su acción en la estructura fundamental, en el modo de hacerlo y el influjo que esto tuvo en otros. Desde primera hora se registra el modo de orar tan peculiar que él tenía: en los caminos, en las posadas, en las iglesias y en las salas capitulares. Unas veces oraba en silencio, otras en voz alta perfectamente perceptible. Así lo narra el pequeño libro “Modos de orar de Santo Domingo”, escrito probablemente por Fr. Gerardo de Teutona. Este fraile asistió al capítulo general de Luca en 1288 y entregó allí el documento en que recogía todo lo que había podido saber de él de labios de Sor Cecilia, discípula predilecta del santo. En él se dice que santo Domingo oraba moviéndose “con gran agilidad, levantándose y arrodillándose...” “A veces hablaba en su corazón y apenas se le oía y quedaba en  genuflexión como en éxtasis” (stupefactus diu valde) Con este ejemplo, haciendo más que diciendo, enseñaba a los frailes de este modo. Estos modos de orar los practicaba en todas partes.

         ¿Qué oraciones tenía en este acompasado rezar con innumerables genuflexiones? En la obra citada se dice que con ello “enseñaba a los frailes”. Lo que éstos hacían se sabe por  Galvano de la Fiamma: “Además hechas (por los frailes) las dichas devociones a la Virgen bienaventurada, unos se arrodillaban cien, otros doscientas veces entre día y noche y decían otras tantas veces el Ave María.”

         Si esto copiaron los discípulos de él es que era una manera predilecta y usual de orar de santo Domingo- Galvano de la Fiamma dice que Fray Teutónico “en todas sus alabanzas a la Virgen decía el Ave María de rodillas.” Y en el citado libro de los “Modos de orar”, en el códice de Bolonia, de principios del siglo XV, pone dibujos en los que aparece santo Domingo orando en las características formas que él tenía; en el frontal del altar ante el que reza, se pone dos veces el Ave María, y en otro de los grabados pone el “Gratia”

El "Ave María" y la Orden


         El beato Jordán de Sajonia, sucesor inmediato de santo Domingo de Guzmán en el gobierno de la Orden, después de unas prescripciones litúrgicas, manda que, al final de cada uno de los salmos prescritos, se rece el Ave María “con genuflexión”. Y Gerardo de Frachetto en su obra “Vitae Fratrum, obra del siglo XIII, en la que recogió todos los datos que se sabían de los primeros días de la Orden, por precepto de su Maestro General, que asimismo dio orden a los conventos que se le informase de todo lo que se supiese, cuenta  de un fraile que ante una tentación, se fue delante de una imagen de la Virgen y le rezó la “salutación angélica arrodillándose según costumbre”. Este tipo del frecuentísimo uso del Ave María con genuflexiones vino a ser, en el siglo XIII, ordinario en la Orden. Lo mismo sucedió con las religiosas. Así, entre las informaciones realizadas en 1270 en Ruan, acerca de los milagros de santo Domingo, se lee de una joven monja de aquella población, llamada Perrette, sobrina del P. Beaulieu, confesor del rey san Luis, que mientras rezó cien Avemarías, arrodillándose, se curó de una enfermedad. De otra dominica llamada Estefanía Ferrete, del convento de Unterlinden, durante cincuenta años recitó diariamente ciento cincuenta Avemarías, arrodillándose otras tantas veces o poniéndose “en venia” o postración. Santa Margarita de Hungría, hija del rey Bela, recibida en la Orden por el beato Humberto, y la beata Benvenuta Boyani, también dominica del siglo XIII, rezaban diariamente mil veces el Ave María, acompañándola la primera de rodillas y la segunda de postraciones o “venias”. El propio san Luis, rey de Francia, recitaba cada día cincuenta Avemarías, arrodillándose a cada una.

 

La formulación del rezo 


El rezo arrodillado del Ave María era una práctica en la Orden dominicana legislada por el propio fundador. El beato Raimundo de Capua, sucesor de santo Domingo, escribe que fundó una milicia de seglares – “Milicia de Jesucristo”- vinculada a la Orden. A sus miembros les mandó “rezar a diario un cierto número de Padrenuestros y de Avemarías que rezarían en lugar de las horas canónicas”. Gregorio IX, en la bula que aprueba esta Milicia, establece que por cada hora canónica digan siete padrenuestros y por cada hora del oficio de la Virgen siete Avemarías. Esos cuarenta y nueve Padrenuestros y cuarenta y nueve Avemarías se diría que son la confirmación pontificia a lo establecido por santo Domingo. Empieza a aparecer el primer elemento del Rosario. Era alabanza  a María y protesta también contra los albigenses que negaban que María fuese madre de Cristo. Así lo atestigua el escritor Moneta de Cremona.

En las Beguinas de Gante- un pueblo entero de mujeres piadosas dirigido por dominicos- y cuya Regla data de 1234, se lee: “Cada Beguina...debe rezar cada día tres guirnaldas, orando, que se llaman “Salterio de la bienaventurada Virgen.” En un documento del año 1227 se manda rezar por los difuntos el “Psalterium beatae Mariae Virginis”. Si las “guirnaldas” constan de cuarenta y nueve Ave Marías – por imitar al salterio de oficio divino diario, las tres “guirnaldas” son ciento cuarenta y siete Ave Marías. El Rosario avemariano empieza prácticamente a constituirse en estos momentos.

         En la “Regla de San Sixto” del convento de las dominicas de San Sixto en Roma y, dada por Santo Domingo, mientras las monjas de coro tiene que rezar el Oficio  divino, a las “legas” les impuso el rezo de “una guirnalda”. Y en el convento de dominicas de Santo Domingo el Real de Madrid – el único de monjas que fundó personalmente  Santo Domingo en España- hay un códice en pergamino que dice: “copiado del antiguo que se usaba cuando el Santo fundó el convento.” En él se reglamentan los rezos; y el número de Ave Marías es numeroso y lo han de hacer muchas veces. Así, por ejemplo, al levantarse dirán “en los días feriales 28 Pater noster y otras tantas Ave Marías”.

La regulación de los rezos para los novicios, en el Oficio de la Virgen, es muy interesante como consta en un códice del siglo XIII. Después de los maitines de la Virgen, el novicio “meditará”  “cum ardore” los beneficios de Dios: “la Encarnación, Nacimiento, Pasión y orar cosas generales semejantes....” y terminando la meditación de todo ello con el “Pater noster et Ave María”.

         El rezo del Ave María, que se encuentra en el siglo XII rezado circunstancialmente por alguna que otra persona, en el siglo XIII, ya en sus principios, se recita al lado de Santo Domingo con una generalidad asombrosa; sus frailes lo hacen objeto de sus amores después de Completas; lo tienen en lugar de Oficio divino los socios de la Milicia de Jesucristo; lo reciben las monjas y novicios y forma parte del rezo obligatorio de los legos, de lo que pudiéramos llamar su Oficio divino.

         Pero no sólo con Santo Domingo florece y se extiende el rezo del Ave María, sino que va a florecer en forma de “quincuagenas”, que es el número del Rosario, ya en su primera época. Las genuflexiones que se hacían, y a las que acompañaba por regla general el rezo avemariano, era normalmente el de 50 o múltiplos de este número. Como antes se ha visto, los frailes “imitaban” a Santo Domingo en sus rezos que era “recitar con genuflexiones” el Ave María, lo que hacían “unos, cien y otros, doscientas veces.

El rezo del Avemaría en algunos países de la Europa medieval


         En Bélgica tenía esta costumbre santa María de Oignies, discípula predilecta de dos grandes amigos de Santo Domingo. También se señalan los nombres de Beatriz de Florival, Ida de Jesús, Margarita de Iprés y, sobre todas, las Beguinas de Gante que rezaban las 150 avemarías.

         En Alemania se cita a Cristina Ebnerim, célebre mística dominica del convento de Engelthal que diariamente saludaba a la Virgen con 100 avemarías, y Estefanía Ferretti, dominica de Comar que, durante cincuenta años recitó a diario las 150 avemarías.

         En Italia la beata Benvenuta Boyani recitaba el Ave María centenares de veces al día; ya en el siglo XIII.

         En Suiza, las dominicas de Toesz, en la primera mitad del siglo XIV recitaban también las 150 avemarías.

Resumen del primer período de la historia del rosario 


El Ave María en forma de cincuentenas no tiene, en este período, una estabilización fija, como se comprueba en la consulta que María de Tarascón, hermana de Clemente IV y favorecedora de los dominicos, hace al Capítulo General preguntando “qyé número de Padrenuestros y de Avemaría” sería el más conveniente para rezar por dicha reunión capitular. Así lo contó su hermanos al historiador  Gerardo de Frachet que lo narra en su “Vitae Fratrum”. Si quisiéramos resumir la obra de Santo Domingo con respecto al Avemaría, reflejada en su obra y en las costumbres de sus discípulos,  se puede afirmar que su preocupación fue introducir el rezo avemariano : a) en el Oficio de la Virgen para los clérigos. B) en lugar del Oficio divino para los hermanos cooperadores y para los cofrades de la Milicia de Jesucristo, hoy Dominicos Seglares y c) fuera del Oficio prefiriendo en este caso las cincuenta avemarías.

El Rosario como objeto devocional o “contador  de cuentas”


        

         Es obvio que en tiempo de Santo Domingo no existía el rosario-objeto devocional tal y como lo conocemos hoy. Existía, no obstante, un tipo de “contador”  para el rezo múltiple del Paternóster y se llevaba a la vista. Cuando el beato dominico Marcolino de Forli, siglo XIV, rezaba a diario cine Padrenuestros y cien Avemarías, llevaba las cuentas a la vista –en palabras del beato Juan Domínici- y lo hacía “siguiendo la costumbre de los hermanos conversos”. Tal contador de Padrenuestros era muy usado por los dominicos pero es de uso anterior a ellos y figura en estatuas y en sepulcros, aunque con diez o doce cuentas solamente. Estas cuentas eran corredizas y otras estaban formadas por nudos; ambas fueron usadas también para el rezo del Rosario, ya que éste no lo tuvo propio al principio hasta que se estableció ya la fórmula rosariana. En la primera época es difícil identificarlos como contadores de Padrenuestros o de Avenarías. Aparecen frecuentemente como “hilos de cuentas”.


Se imponen los contadores de cuentas rosarianas


         En las actas del Capítulo Provincial de Orvieto, año 1261, se mencionan los contadores de Padrenuestros del tipo de “hilos” que usaban los hermanos conversos. Del mismo género eran, al parecer, los que usaban Santa Inés de Montepulciano, 1317, y otras dominicas de los siglos XIII, XIV y XV. El historiador P. Mezard examina dieciocho casos de dominicos anteriores a Alano de la Roche que llevaban “corona, rosario o paternóster”, como más generalmente se le llamaba. El que Santa Catalina de Siena regaló al padre de su amiga Alesia tenía cien cuentas. Igual que el del beato Marcolino de Forli, dominico de la misma época. Hasta  en esos”hilos” prendió el  lujo. En uno de 1333, el “hilo” tenía tres cuentas de ámbar, dos de cristal, dos de coral, etc. El Capítulo provincial de Orvieto de 1261 manda a los hermanos conversos traer un paternóster que no sea de ámbar ni de coral. Pero no indica el número de cuentas ni de avemarías que agregaba a los Padrenuestros.

FUENTE: http://www.dominicos.org/espiritualidad/rosario/historia

miércoles, 13 de junio de 2012

El Evangelio segun Judas Iscariote


La National Geographic Society y prácticamente todos los medios de comunicación han hecho enorme publicidad a la divulgación de un manuscrito antiguo que presenta una imagen completamente diferente de Judas Iscariote. En este mundo nuestro, en el que la gente está a la expectativa de "revelaciones" decisivas y novedosas, ya se cuentan por millones los que empezarán a pensar que el "verdadero" Judas Iscariote "por fin" está saliendo a la luz. En esta edición extraordinaria del boletín de FRAYNELSON.COM queremos mostrar los hechos objetivos y de qué manera esto puede afectar negativamente la fe de muchas personas. Por la importancia de este tema, con el que no por coincidencia nos están inundando en esta Semana Santa, recomendamos a todos que lean lo que sigue, aunque es un poco extenso.

Estos son los datos fundamentales.

Autor: Fray Nelson Medina
Fuente:http://fraynelson.com/respuestas.php?fechapub=20060415

Fecha. El manuscrito data del siglo II o II de nuestra era, tiene por título "Evangelio según Judas" y está escrito en copto. Se presume, aunque no existe una versión griega que sería anterior.

El argumento de esta obra es que Jesús necesitaba liberarse de su cuerpo y que prefería que un amigo y no un enemigo le ayudase en esta tarea. El amigo escogido por el mismo Jesús es Judas Iscariote, quien sabe que tendrá que ser mal interpretado. A Judas le toca hacer el papel del malo pero en realidad está cumpliendo un deseo de Cristo que ya quiere salir de este mundo liberándose de su parte material, o sea, su cuerpo.

¿En qué contexto fue escrito este evangelio? San Ireneo, a mediados del siglo II, ya hablaba de este manuscrito, al que critica en su propio libro llamado "Contra las Herejías." En ese sentido, no estamos ante nada nuevo. El llamado "Evangelio de Judas" viene de un ambiente gnóstico y quenita. Tenemos que saber un poco qué quieren decir estas dos palabras para ver por qué se escribió una obra que contradice tan abiertamente lo que dicen los evangelios de nuestra Biblia.

El gnosticismo es en parte un movimiento filosófico y en parte una especie de religión difusa que pone la salvación en adquirir un conocimiento supremo, oculto o reservado a ciertos elegidos. Precisamente, conocimiento en griego se dice "gnosis," y de ahí viene gnosticismo. En este movimiento se inscriben muchos antiguos y recientes adversarios o enemigos de la fe cristiana, desde los gnósticos que combatió san Ireneo hasta las tendencias panteístas de la Nueva Era, o sea, aquello de que si desciendes a tu "yo" más profundo descubres que tú eres dios y que todo es dios y que todo está "conectado." A lo largo de la Historia han abundado las tendencias gnósticas, que se presentan a veces con ese nombre, Gnosis, o con otros nombres o adjetivos: cátaros, rosacrucistas, herméticos, esotéricos, cabalísticos, iniciáticos, y muchos más.

Para el gnosticismo Cristo fue sólo un Maestro, y lo que importa no es su sacrificio redentor, ni su amor, ni su sangre, ni su dolor. Lo que importa, según los gnósticos, es que él tenía una enseñanza que también han tenido otros grandes maestros. Por eso las religiones no importan y da lo mismo llegar a la gnosis (o iluminación o conocimiento) por cualquier camino. A los gnósticos les conviene que nosotros creamos que todo da la mismo, y que los profetas y las maneras de ver a Dios se pueden intercambiar.
Así como no importan las religiones, para la Gnosis, tampoco importa el cuerpo. La materia sobra y es mala por naturaleza, según la mayoría de los gnósticos. La materia y el cuerpo son irreales y estorbosos. Por eso en el supuesto evangelio de Judas lo que Cristo quiere no es salvarnos, ni hacer la voluntad del Padre, sino liberarse él de su cuerpo. Por supuesto esto es del todo incompatible con la revelación bíblica. Para la Biblia el cuerpo no debe ser idolatrado pero tiene su valor: fue creado bueno por Dios y es restaurado finalmente por la redención de Cristo. Por eso nosotros creemos en la "resurrección de la carne," termino con el que explícitamente defendemos la santidad a la que está llamado y destinado el cuerpo humano.

Los que escribieron el apócrifo evangelio de Judas eran gnósticos interesados en defender sus ideas, o sea, que el cuerpo no importa y que lo que importa es llegar a la luz. Según ellos, Cristo sería un tipo ansioso de llegar a esa luz y dispuesto a usar cualquier método para lograrlo. Su sufrimiento no es real. Todo es como una farsa o una obra de teatro en la que a él le "toca" hacer el papel de bueno y a Judas le "toca" hacer el papel de malo. Por tanto, ni la traición de Judas es real ni el amor redentor de Cristo es real: las dos cosas van unidas. Si todo era un teatro, si todo era apariencia, ni ese dolor cuenta ni ese amor salva. Y eso es lo que quiere el gnosticismo: que no creamos que somos salvados por el amor sacrificial de Cristo. ¿Para qué? Para que busquemos salvación en las teorías que ellos proponen, y que ahora la National Geographic está divulgando a centenares de millones de personas en todo el mundo.

Pero hay más que decir. Este grupo o secta del que salió el ficticio evangelio de Judas tenía su propia tradición quenita. Los quenitas o cainitas eran un grupo especialmente oscuro, equiparable en muchos aspectos a los satánicos de hoy en día. Como su nombre lo indica, su meta era reivindicar a Caín, el asesino de Abel. El macabro "apostolado" de los quenitas era hablar de las figuras más repulsivas y perversas de la historia con dos propósitos: mostrar que el mal es necesario y mostrar que da lo mismo adorar al mal que adorar al bien.

Por extraño que pueda parecer, esta secta tenebrosa sale de las entrañas de la Gnosis, a pesar de que la Gnosis habla tanto de la luz. En efecto, como los gnósticos decían que la materia era perversa en sí misma, tenían que explicar por qué existía. Su modo fue afirmar que, así como hay una divinidad buena, autora de todo lo espiritual y luminoso, también hay una divinidad perversa, que también es creadora, y de la que sale la materia. Siguiente este tipo avieso de razonamiento algunos gnósticos se apoyaron en un antiguo manuscrito llamado el Libro de los Dos Principios. La conclusión es que al final da lo mismo servir al diablo que a Dios, porque el diablo era necesario también tanto como lo es Dios. Obviamente, lo que hace el retorcido evangelio de Judas es trasladar ese esquema a la relación entre Judas y Cristo. En la supuesta amistad "entrañable" entre ellos dos estaría la idea de que el mal y el bien no existe en verdad, sino que se entremezclan y son igualmente valiosos. Algo parecido proponen algunos de la Nueva Era usando un poco a su capricho la imagen redonda blanca y negra del Ying y el Yang.


En conclusión, el llamado evangelio de Judas es una obra sobresaliente en su odio contra nuestra fe cristiana. Una obra que quiere que no creamos que Dios nos amó de verdad, sino que pretende que todo eso era una apariencia, un juego de niños, un acuerdo previo, un puro teatro. Estamos ante una obra que intenta que hagamos equivalente el bien y el mal y que nuestros oídos sean sordos al mensaje de Cristo, sobre todo de Cristo en la Cruz.


No sentimos miedo frente a este ataque, así venga subsidiado e impulsado por muchos millones de dólares. La gnosis es un antiguo adversario al que miramos sin temor y al que vencemos como hemos vencido muchas veces: predicando y practicando lo que Cristo nos dio con la fuerza de gracia, redención y amor que él mismo nos da.

Una última petición: DIVULGA ESTE MENSAJE a todas las personas que puedas. No vamos a darle gusto a las fuerzas de las tinieblas.

martes, 12 de junio de 2012

Quién creo a Dios


Padre Fray Nelson, hoy mi esposa me hizo la siguiente pregunta y quisiera que Usted me ayudara para darle luces en su camino a la conversión: QUIEN CREÓ A DIOS. Yo le dije que Dios es el principio y fin, el Alfa y la Omega, e igualmente le dije que Dios es el que es. Y punto. Padre, ¿será que me puedes ayudar en esta pregunta? -J.R.


FUENTE: http://fraynelson.com/respuestas.php?fechapub=20060112

Nota inicial: Nuestra respuesta puede parecer un poco densa; la razón es que tomamos con absoluta seriedad una pregunta que sólo puede ser considerada como muy profunda. Pasemos ahora a la respuesta misma.

Cuando aplicamos un verbo a algún ser lo hacemos basados en una correspondencia entre ese verbo y ese ser. De otro modo, la pregunta puede carecer de respuesta porque carece de sentido. No carece de sentido por ser irracional sino porque estamos suponiendo una cualidad o característica en un ser que no la tiene.
Pensemos en preguntas como estas: ¿Cuál es la densidad de un triángulo? ¿Qué dialecto prefieren los meteoritos? Qué hace la lava cuando se aburre?

A menos que estemos escribiendo un poco en clave de fantasía, humor o poesía, ninguna de esas preguntas tiene una respuesta "correcta." Todas estás puestas en muy buen español y usan palabras válidas y conceptos racionalmente correctos, pero notemos que al enunciar una pregunta estamos suponiendo una base de concordancia entre ciertas características o cualidades, y los seres sobre los que preguntamos. La enseñanza es que no cualquier adjetivo o característica puede ser preguntada. El ejemplo clásico es aquel: ¿qué longitud tiene un litro de leche?

Teniendo esto claro, volvamos a la pregunta inicial. Al preguntar por el creador de Dios estamos antes afirmando algo sobre Dios, a saber, que es creado. Y aquí viene lo que decimos: ¿por qué se afirma que Dios es creado? La persona que pregunta por el creador de Dios tiene que contarnos por qué afirma que Dios es creado.

Esa persona podría decir: "Si todas las cosas tienen una causa, también Dios debe tener la suya propia." Pero en este argumento falla algo, la premisa mayor. Nosotros los creyentes no decimos que "todas las cosas tienen una causa" sino que aquellas cosas que no tienen su razón de ser en sí mismas requieren de una causa externa, o sea, en últimas, requieren de otro ser que las explique. La clave está en la expresión "razón de ser."

Cuando veo que alguien trabaja afanosamente busco una explicación para su esfuerzo; esa razón puede ser el dinero que quiere tener para comprar su casa. Pero hay experiencias incluso humanas que parecen no necesitar una causa externa. Pensemos en la alegría. Si una persona está alegre, no solemos preguntarle: "Oye, ¿para qué te alegras?" Uno pregunta: "¿Para qué te esfuerzas?" pero usualmente no pregunta: "¿Para qué te alegras?" El motivo es que la alegría casi parece explicarse como por sí misma; está más cerca de poseer en sí la razón de su propio ser.

Algo parecido decía san Bernardo refiriéndose al amor: el amor encuentra en sí mismo su propia razón. Es justamente famosa su expresión: "Amo porque amo; amo por amar."

Los creyentes admitimos que hay muchas cosas y muchos seres en el mundo que requieren una explicación distinta de ellos mismos. Pero ese camino precisamente nos conduce hacia Dios: la cadena de explicaciones no podría ser infinita porque entonces nada explicaría realmente a nada.

Es decir: el hecho de que haya ALGUNOS, muchos seres que no pueden ser explicados por sí mismos, nos lleva finalmente hacia reconocer que hay uno que llamamos Dios, pero por supuesto eso no implica que TODOS los seres, incluido Dios, requieran de explicaciones distintas de sí mismos.

lunes, 11 de junio de 2012

Indulgencias


FUENTE: http://ec.aciprensa.com/i/indulgencias.htm

La palabra indulgencia (del latín indulgentia, de indulgeo, "ser amable" o "compasivo") significa, originalmente, bondad o favor; en el latín post-clásico llegó a significar la remisión de un impuesto o deuda. En la Ley Romana y en la Vulgata del Antiguo Testamento (Is. LXI, 1) se usaba el término para expresar la liberación de una cautividad o castigo. En el lenguaje teológico también se suele usar en su sentido original para significar la bondad o el favor de Dios. Pero en el sentido estricto del término -sentido en el que se lo considera en este artículo- "indulgencia" es la remisión del castigo temporal debido al pecado cuya culpabilidad ha sido ya perdonada. Entre los términos equivalentes usados en la antigüedad se encuentran: pax, remissio, donatio, condonatio.
Qué cosa no es una Indulgencia


A fin de facilitar la explicación, puede ser provechoso comenzar por afirma lo que NO es una indulgencia. No es un permiso para pecar, ni un perdón para pecados futuros: ninguna de estas dos cosas pueden ser concedidas por poder alguno. No es tampoco el perdón de la culpa del pecado, y supone que el pecado ha sido ya perdonado con anterioridad. No es una excepción que exima de alguna ley o precepto, ni mucho menos de una obligación contraída por algún pecado, como por ejemplo, la restitución de la cosa robada; al contrario, significa una satisfacción más completa de la deuda que el pecador tiene ante Dios. No confiere ninguna inmunidad con respecto a posibles tentaciones ni elimina la posibilidad de subsecuentes caídas en el pecado. Y de ninguna manera la indulgencia puede entenderse como la compra del perdón de los pecados que aseguraría la salvación al comprador o la salida de algún alma del Purgatorio. Lo absurdo de todas estas nociones será evidente para cualquiera que tenga una idea correcta sobre lo que la Iglesia Católica verdaderamente enseña sobre el tema.


Qué es una Indulgencia


Una indulgencia es una remisión extra-sacramental de la pena temporal debida -según la justicia de Dios- por el pecado que ha sido ya perdonado, remisión que es otorgada por la Iglesia en consecuencia del poder de las llaves, mediante la aplicación de los méritos sobreabundantes de Cristo y de los santos, y por justos motivos. Para entender esta definición, hay que tener en cuenta los siguientes puntos:
· En el Sacramento del Bautismo se perdona no solamente la culpa del pecado, sino también toda la pena adjunta al pecado. En el Sacramento de la Penitencia se remueve la culpa del pecado y, conjuntamente con ella, también la pena eterna merecida por el mismo; pero el castigo temporal requerido por la justicia divina permanece, y este requerimiento debe ser satisfecho sea en esta vida o en la vida futura, es decir, en el Purgatorio. La indulgencia ofrece al pecador arrepentido la posibilidad de saldar o aligerar esta deuda durante su vida en la tierra.

· Algunos escritos indulgenciales -ninguno de ellos, sin embargo, emitido por algún papa o concilio (Pesch, Tr. Dogm., VII, 196, no. 464)- contienen la expresión "indulgentia a culpa et a poena", es decir, liberación de la culpa y del castigo; esto ha producido considerable confusión (cf. Lea, "History" etc., III, 54ss). El verdadero significado de la fórmula es que las indulgencias, presuponiendo el Sacramento de la Penitencia, hace que el penitente, después de recibir el perdón sacramental de la culpa de su pecado, se libera también, por la indulgencia, del castigo temporal (Bellarmine, "De Indulg.", I, 7). En otras palabras, el pecado es totalmente perdonado, es decir, sus efectos totalmente borrados, sólo cuando se ha realizado la completa reparación, lo que significa perdón de la culpa y remisión de la pena. De aquí que el papa Clemente V (1305-1314) condenara la práctica de aquellos proveedores de indulgencias que pretendían absolver "a culpa et a poena" (Clement, l. v, tit. 9, c. ii); el Concilio de Constanza (1418) revocó (sesión XLII, n. 14) todas las indulgencias que contenían esa fórmula; Benedicto XIV (1740-1758) las trataba como indulgencias espurias concedidas con esta fórmula, que él atribuye a las prácticas ilícitas de los "quaestores" o proveedores (De Syn. dioeces., VIII, viii.7)

· La satisfacción, comúnmente llamada "pena", impuesta por el confesor cuando éste administra la absolución es parte integral del Sacramento de la Penitencia; una indulgencia, por el contrario, es extra-sacramental: presupone los efectos obtenidos por la confesión, la contrición y la satisfacción sacramental. También se distingue de las obras penitenciales que se puedan realizar por iniciativa del penitente -como son la oración, el ayuno y la limosna-, dado que estas son obras personales del penitente, y su valor depende del mérito de éste, mientras que la indulgencia brinda al penitente los méritos de Cristo y de los santos, que son el "Tesoro" de la Iglesia.

· La indulgencia es válida tanto en el tribunal eclesiástico cuanto en el tribunal de Dios. Esto significa que no sólo libra al penitente de sus deudas ante la Iglesia o de la obligación de cumplir con una pena canónica, sino que también lo libra del castigo temporal del que sea ha hecho merecedor ante Dios, castigo que, sin la indulgencia, el pecador debería recibir a fin de satisfacer la justicia divina. Esto no significa, sin embargo, que la Iglesia pretenda dejar de lado los reclamos de la justicia divina, o que ella permita al pecador despreciar su la deuda contraída con su pecado. Como dice Sto. Tomás (Suppl., xxv. a. 1 ad 2um): "El que gana indulgencias no se libra absolutamente de la pena que merece, sino que se le conceden los medios para saldarla". La Iglesia, entonces, no deja al penitente irremediablemente en su deuda, ni lo libra de tener que responsabilizarse por sus obras; al contrario, la Iglesia le permite cumplir con las obligaciones que contrajo.

· Al conceder una indulgencia, el que la otorga (papa u obispo) no ofrece sus méritos personales en lugar de lo que Dios pide al pecador, sino que obra según su autoridad oficial como quien tiene jurisdicción en la Iglesia, de cuyo tesoro espiritual se conceden los medios con los cuales se salda la deuda adquirida. La Iglesia en sí misma no es la dueña sino la administradora de los meritos sobreabundantes que contiene ese tesoro. Aplicándolos, la Iglesia no pierde de vista tanto los designios de la misericordia de Dios como los requerimientos de la justicia de Dios. Así, ella determina la cantidad de cada concesión, como también las condiciones que el penitente debe cumplir si desea ganar la indulgencia.
Varios tipos de Indulgencias

Una indulgencia que puede ganarse en cualquier parte del mundo es una indulgencia universal, mientras que la que se puede ganar en un sitio determinado (Roma, Jerusalén, etc.) es indulgencia local. Otra distinción es entre indulgencias perpetuas, que pueden ganarse en cualquier momento, e indulgencias temporales, que se ganan solamente en determinados días o en un determinado período de tiempo. Las indulgencias reales se conceden en relación con el uso de ciertos objetos (crucifijo, rosario, medalla); las personales son las que no requieren del uso de ningún objeto, o bien que se conceden a una determinada clase de personas, como por ejemplo a los miembros de una orden o confraternidad. Sin embargo, la distinción más importante es la que distingue entre indulgencia plenaria e indulgencia parcial. Por indulgencia plenaria se entiende la remisión de toda la pena temporal merecida por el pecado, de tal modo que no es necesaria ninguna otra expiación en el Purgatorio. Indulgencia parcial condona sólo una parte de la pena; la porción que se condona se determina según la disciplina penitencial de la Iglesia primitiva. Decir que se concede una indulgencia de una cantidad determinada de días o de años significa que se cancela una cantidad de pena de Purgatorio equivalente con lo que hubiese sido cancelado, en la presencia de Dios, por la práctica de tantos días o años según la antigua disciplina penitencial. En este caso, evidentemente, la computación no pretende ser exacta, sino más bien posee un valor relativo.

Sólo Dios sabe la cantidad de pena que debe ser saldada y cuál es su preciso valor en severidad y duración. Finalmente, algunas indulgencias se conceden a favor de los vivos solamente, mientras que otras pueden aplicarse a favor de los que ya murieron. Debe notarse, sin embargo, que la aplicación no tiene la misma significación en ambos casos. La Iglesia, al conceder una indulgencia a los vivos, ejerce su jurisdicción; sobre los difuntos ella no tiene ninguna jurisdicción, y por lo tanto hace disponible la indulgencia para ellos a modo de sufragio (per modum suffragii), es decir, la Iglesia pide a Dios que acepte las obras satisfactorias y, en consideración de estas, que mitigue o acorte los sufrimientos de las almas en el Purgatorio.


Quien puede conceder Indulgencias

La distribución de los méritos contenidos en el tesoro de la Iglesia es un ejercicio de autoridad (potestas iurisdictionis), no del poder concedido por el Sacramento del Orden Sagrado (potestas ordinis). De este modo el Papa, como cabeza suprema de la Iglesia en la tierra, puede otorgar todo tipo de indulgencias a todos y cada uno de los fieles, y sólo él puede otorgar indulgencias plenarias. El poder de los obispos, previamente irrestringido, fue limitado por Inocencio III (1215) al poder de otorgar una año de indulgencia por la dedicación de una iglesia, y de cuarenta días en otras ocasiones. León XIII (Rescripto del 4 de Julio de 1899) autorizó a los arzobispos de Sudamérica el poder de otorgar ocho días (Acta S. Sedis, XXXI, 758). Pío X (28 de Agosto de 1903) permitió a los cardenales en sus iglesias titulares y diócesis otorgar 200 días, a los arzobispos 100 y a los obispos 50. Estas indulgencias no son aplicables a los fieles difuntos. Pueden ser ganadas por personas que no pertenecen a esa diócesis, pero temporalmente y dentro de sus límites; también por los súbditos del obispo que las concede, sea que se encuentre en la diócesis o fuera de ella, excepto si la indulgencia es local. Los sacerdotes, vicarios generales, abades y generales de órdenes religiosas no pueden conceder indulgencias, a menos que se les autorice a hacerlo específicamente. Por otro lado, el Papa puede permitir a un clérigo no sacerdote conceder alguna indulgencia (St. Tomás, "Quodlib.", II, q. viii, a. 16).


Disposiciones necesarias para ganar una Indulgencia

El sólo hecho que la Iglesia conceda una indulgencia no significa que la misma pueda ganarse sin esfuerzo por parte del fiel. De lo que se dijo más arriba es claro que el que recibe le indulgencia debe estar libre de la culpa del pecado mortal. Además, para la indulgencia plenaria habitualmente se requiere confesión y comunión, mientras que para las indulgencias parciales la confesión no es obligatoria, aunque es prescripción habitual que el que las quiera ganar tenga "al menos un corazón contrito" (corde saltem contrito). Con respecto al tema, debatido entre los teólogos, si una persona en pecado mortal puede ganar una indulgencia aplicable a los difuntos, véase el vocablo PURGATORIO. También es necesario tener la intención, aunque sea de modo habitual, de ganar las indulgencias. Finalmente, por la misma naturaleza del caso, es obvio que se deben realizar las buenas obras, oraciones, limosnas, visita de una iglesia, etc., que han sido prescritas para la adquisición de una indulgencia. Para más detalles véase RACCOLTA.


Enseñanza Autoritativa de la Iglesia

El Concilio de Constanza condenó entre los errores de Wyclif la siguiente proposición: "Es necio creer en las indulgencias concedidas por el papa o los obispos" (Sess. VIII, 4 de Mayo de 1415; ver Denzinger-Bannwart, "Enchiridion", 622). En la bula "Exsurge Domine", del 15 de Junio de 1520, León X condenó la afirmación de Lutero según la cual "las indulgencias son píos fraudes de los fieles", y que "las indulgencias no aprovechan a aquellos que las ganan para la remisión de la pena debida al pecado actual ante la justicia de Dios" (Enchiridion, 75S, 759). El Concilio de Trento (Sess. XXV, 3-4 de Diciembre de 1563) declaró: "Dado que el poder de conceder indulgencias fue dado por Cristo a la Iglesia, y dado que la Iglesia desde los primeros tiempos ha hecho uso de este poder dado por Dios, el santo sínodo enseña y manda que el uso de las indulgencias, muy provechoso para los cristianos según ha sido aprobado por la autoridad de los concilios, deberá ser mantenido en la Iglesia; además [este sínodo] pronuncia el anatema contra los que declaran que las indulgencias son inútiles, o bien niegan que la Iglesia tenga el poder para concederlas (Enchiridion, 989). Por lo tanto es de fe (de fide)
· que la Iglesia ha recibido de Cristo el poder de conceder indulgencias y
· que el uso de las indulgencias es de provecho para los fieles.
Bases de la Doctrina

Un elemento esencial en las indulgencias es la aplicación a una persona de la satisfacción hecha por otras. Este traspaso se basa en tres cosas: la Comunión de los Santos, el principio de la Satisfacción Vicaria y el Tesoro de la Iglesia.


1. La Comunión de los Santos

"Nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros unos de otros" (Rom., xii, 5). Como cada órgano participa de la vida de todo el cuerpo, así cada uno de los fieles aprovecha de las oraciones y buenas obras de todos los demás, un beneficio que enriquece, en primer lugar, a los que están en gracia de Dios, pero también, aunque con menos plenitud, a los miembros en pecado.


2. El principio de la Satisfacción Vicaria.

Cada obra buen que realiza el hombre tiene un doble valor: uno de mérito, otro de satisfacción o expiación. El mérito es personal, y por lo tanto no puede transferirse; pero la satisfacción puede aplicarse a otros, como escribe S. Pablo a los Colosenses (i, 24) hablando de sus mismas obras: "Me alegro ahora en mis sufrimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia" (ver SATISFACCIÓN).


3. El Tesoro de la Iglesia.

Cristo, como lo declara San Juan en su Primera Epístola (ii,2) "es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino por los pecados de todo el mundo". Dado que la satisfacción de Cristo es infinita, constituye un recurso inextinguible, que es más que suficiente para pagar la deuda ocasionada por el pecado. Además, están las obras satisfactorias realizadas por la Santísima Virgen María, que no han sufrido ninguna mengua debida a la pena del pecado, y las virtudes, penitencias y sufrimientos de los santos que exceden abundantemente todo castigo temporal que estos siervos de Dios han podido merecer. Estos se añaden al Tesoro de la Iglesia de modo secundario, no independiente del mérito de Cristo, sino más bien adquirido en base a éste. La explicitación de esta doctrina se debe al trabajo de grandes escolásticos, particularmente Alejandro de Hales (Summa, IV, Q. xxiii, m. 3, n. 6), Alberto Magno (In IV Sent., dist. xx, art. 16), y Santo Tomás (In IV Sent., dist. xx, q. i, art. 3, sol. 1). Como lo declara el Aquinate (Quodlib., II, q. vii, art. 16): "Todos los santos pretendieron que todo lo que ellos hacían o sufrían sería provechoso no sólo para ellos, sino también para toda la Iglesia". Y luego señala (Contra Gent., III, 158) que lo que uno sufre en beneficio de otros, siendo una obra de caridad, es más aceptable como satisfacción a los ojos de Dios que lo que uno sufre en beneficio propio, dado que en este último caso se trata de una obra necesaria. La existencia de una tesoro infinito de méritos en la Iglesia ha sido declarado dogmáticamente en la bula "Unigenitus", publicada por Clemente VI el 27 de Enero de 1343, y más tarde insertada en el "Corpus Iuris" (Extrav. Com., lib. V, tit. ix. c. ii): "Sobre el altar de la Cruz -dice el Papa- Cristo derramó no solamente una gota de su sangre, aunque ello hubiese sido suficiente, por razón de su unión con el Logos, para redimir a todo el género humano, sino que derramó un copioso torrente… fundando así un tesoro infinito a favor de la humanidad. Este tesoro Cristo no sólo no lo envolvió en un manto y lo escondió en el campo, sino que lo encomendó a Pedro, el portador de las llaves, y a sus sucesores, de modo que ellos pudiesen, por justas y razonables causas, distribuirlo a los fieles en forma de remisión plena o parcial de la pena temporal debida por el pecado". De aquí brota la condenación por parte de León X de la afirmación de Lutero que "los tesoros de la Iglesia del cual el papa concede indulgencias no son los méritos de Cristo y los santos" (Enchiridion, 757). Por el mismo motivo, Pío VI (1794) catalogó como falso, temerario e injurioso a los méritos de Cristo y de los santos el error del sínodo de Pistoya, según el cual el tesoro de la Iglesia era una invención de sutileza escolástica (Enchiridion, 1541).

Según la doctrina católica, por lo tanto, la fuente de las indulgencias se constituye por los méritos de Cristo y de los santos. Este tesoro ha sido entregado en custodia no al fiel en particular, sino a la Iglesia. Consecuentemente, para hacerlo disponible al fiel, se requiere un ejercicio de autoridad que determine, sólo él, de qué modo, bajo qué condiciones y hasta qué punto se conceden las indulgencias.


El Poder de Conceder Indulgencias

Una vez que se admite que Cristo dejó a su Iglesia el poder de perdonar los pecados (ver PENITENCIA), el poder de conceder indulgencias se infiere lógicamente. Dado que el perdón sacramental se extiende tanto a la culpa como al castigo eterno, se sigue sin dificultad que la Iglesia puede también librar al penitente de la pena menor o temporal. Esto se vuelve más claro aún, sin embargo, cuando consideramos la amplitud del poder concedido a Pedro (Mat., xvi,19): "Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que atares sobre la tierra será atado también en el cielo, y todo lo que desatares sobre la tierra será también desatado en el cielo." (Cf. Mat., xviii,18, donde un poder semejante es concedido a todos los Apóstoles). No se pone límite a este poder de desatar, "el poder de las llaves" como se lo llama; por tanto debe extenderse a todas y cada uno de las ataduras contraídas por el pecado, tanto de la pena como de la culpa. Cuando la Iglesia, por lo tanto, mediante una indulgencia, remite esta pena, su acción -según las palabras de Cristo- es ratificada en los cielos. Que este poder, como afirma el Concilio de Trento, haya sido ejercido desde el inicio, se muestra por las palabras de San Pablo (II Cor., ii, 5-10), cuando trata del caso del hombre incestuoso de Corinto. El pecador había sido excluido, por orden de San Pablo, de la compañía de los fieles, pero se había arrepentido sinceramente; por ello el Apóstol juzga que a aquél hombre "este castigo, impuesto por varios, le es suficiente", y agrega: "a quien habéis perdonado algo, yo también lo perdono; porque en verdad, lo que yo he perdonado, si algo he perdonado, lo hice por vosotros en la persona de Cristo". Pablo había sujetado al culpable con los lazos de la excomunión; ahora libra al penitente del castigo por un acto de autoridad -"en la persona de Cristo"-. Aquí tenemos todos los elementos esenciales de una indulgencia.

Estos elementos esenciales permanecen en la práctica subsiguiente de la Iglesia, aunque los elementos accidentales varían según van surgiendo nuevas condiciones. Durante las persecuciones, aquellos cristianos que habían caído y que deseaban ser readmitidos a la comunión con la Iglesia, frecuentemente obtenían de los mártires una nota (libellus pacis) que presentaban al obispo, de modo que éste, en consideración de los sufrimientos del mártir, pudiese admitir al penitente a ser absuelto de su pecado, librándolo consecuentemente del castigo en el que habían incurrido. Tertuliano se refiere a esto cuando dice (Ad martyres, c. i, P.L., I, 621): "La cual paz algunos, no teniéndola en la Iglesia, suelen suplicarla de parte de los mártires en la prisión; por lo tanto tu debes poseerla, apreciarla y preservarla en ti, de modo que, si es necesario, puedas concederla a otros." Más luz se echa sobre este asunto si consideramos el vigoroso ataque que el mismo Tertuliano hizo después de haberse vuelto Montanista. En la primera parte de su tratado "De pudicitia", ataca al papa por su supuesta relajación al admitir a los adúlteros a la penitencia y al perdón, y desdeña el perentorio edicto del "pontifex maximus episcopus episcoporum". Al final del tratado se queja de que el mismo poder de remisión se concede ahora también a los mártires, y argumenta que debería ser suficiente que los sufrimientos de los mártires sirvan para purgar sus propios pecados - "sufficiat martyri propria delicta purgasse". Y también, "¿Cómo puede el aceite de tu pequeña lámpara bastar para ti y para mí?" (c. xxii). Es suficiente notar que muchos de sus argumentos aplicarían con la misma mucha o poca fuerza a las indulgencias de las edades posteriores.

Durante la época de S. Cipriano (m. 258) el herético Novaciano pretendía que ninguno de los lapsi sea readmitido a la Iglesia; otros, como Felicissimus, sostenían que tales pecadores debían ser readmitidos sin pena ninguna. Entre estos extremos, San Cipriano mantiene el punto medio, insistiendo en que esos pecadores debían ser readmitidos cumpliendo las condiciones propias. Por un lado, condena los abusos en conexión con el libellus, en particular la costumbre de los mártires de hacerlos en blanco para ser completados por cualquiera que lo necesitase. "Con respecto a esto debéis estar particularmente atentos" escribe a los mártires (Ep. xv), "a fin de designar por el nombre a aquellos a los que deseáis sea devuelta la paz." Por otro lado reconoce el valor de estos memoriales: "Aquellos que han recibido un libellus de parte de los mártires y con su ayuda pueden, en la presencia del Señor, obtener la liberación en sus pecados, permitidles que, si están enfermos o en peligro, después de la confesión y la imposición de tus manos, partan hacia el Señor en aquella paz que le ha sido prometida por los mártires" (Ep. xiii, P.L., IV, 261). San Cipriano, por lo tanto, creía que los méritos de los mártires podían ser aplicados a los cristianos menos dignos por medio de una satisfacción vicaria, y que tal satisfacción era aceptable a los ojos de Dios como de la Iglesia.

Después que las persecuciones cesaron, la disciplina penitencial permaneció en uso, aunque se vio una más grande condescendencia en aplicarlas. El mismo San Cipriano fue acusado de mitigar la "severidad evangélica" sobre la cual él había insistido en un comienzo; a esto respondió (Ep. lii) que semejante severidad era exigida durante el tiempo de persecución, no sólo para estimular a los fieles en la práctica de la penitencia, sino también para apresurarlos a que busquen la gloria del martirio; cuando, por el contrario, la paz para la Iglesia fue asegurada, la relajación de la disciplina fue necesaria a fin de prevenir a los pecadores de no caer en desesperación ni de llevar la vida de los paganos. En el 380 San Gregorio de Nyssa (Ep. ad Letojum) declara que la penitencia debe ser acortada en los casos en los que se muestra sinceridad y celo en su práctica - "ut spatium canonibus praestitum posset contrahere" (can. xviii; cf. can ix, vi, viii, xi, xiii, xix). En este mismo espíritu San Basilio (379), después prescribir un tratamiento más condescendiente en relación a varios crímenes, establece el principio general que en todos los casos semejantes no es sólo la duración de la penitencia lo que debe considerarse, sino la manera en la que se lleva a cabo (Ep. ad Amphilochium, c. lxxxiv). La misma condescendencia se muestra en varios Concilios: Ancyra (314), Laodicea (320), Nicea (325), Aries (330). Llegó a ser muy común durantes este período favorecer a aquellos que estaban enfermos o en peligro de muerte (ver Amort, "Historia", 28ss). Los antiguos penitenciales de Irlanda e Inglaterra, aunque si exigentes en lo que toca a disciplina, prevén la relajación en ciertos casos. San Cummian, por ejemplo, en su Penitencial (del séptimo siglo), tratando del pecado de robo (cap. v) prescribe que aquel que ha cometido hurtos en varias oportunidades deberá hacer penitencia por siete años o por tanto tiempo como lo considere oportuno el sacerdote, debe siempre reconciliarse con aquel al que provocó el daño y debe hacer restitución proporcionada al daño cometido, en cuyo caso su penitencia deberá acortarse considerablemente (multum breviabit poenitentiam ejus). Pero si la persona en cuestión muestra falta de interés o imposibilidad (en cumplir con estas condiciones), deberá cumplir la penitencia por todo el tiempo que le ha sido impuesta, y en todos sus detalles. (Cf. Moran, "Essays on the Early Irish Church", Dublin, 1864, p. 259.)

Otra práctica que muestra claramente la diferencia entre la absolución sacramental y la concesión de indulgencias era la solemne reconciliación de los penitentes. Estos, al inicio de la cuaresma, recibían de parte de los sacerdotes la absolución por sus pecados y la penitencia que imponían los cánones; el Jueves Santo se presentaban ante el obispo, que les imponía las manos, los reconciliaba con la Iglesia y los admitía a la comunión. Esta reconciliación estaba reservada al obispo, como está explícitamente declarado en el Penitencial de Teodoro, Arzobispo de Canterbury; en casos de necesidad el obispo podía delegar a un sacerdote para este propósito (lib. I, xiii). Dado que el obispo no oía sus confesiones, la "absolución" que él impartía debía ser una liberación de alguna penalidad en la que habían incurrido. En efecto, el resultado de esta reconciliación era restaurar al penitente a su estado de inocencia bautismal, y consecuentemente de libertad de todas las penalidades, según aparece en las así llamadas Constituciones Apostólicas (lib. II, c. xli), donde se dice: "Eritque in loco baptismi impositio manuum" - es decir, la imposición de manos tiene el mismo efecto que el bautismo (cf. Palmieri, "De Poenitentia", Roma, 1879, 459s).

En un período posterior (desde el siglo ocho al doce) se volvió costumbre permitir la substitución de alguna pena menor por aquello que prescribían los cánones. Así, el Penitencial de Egberto, Arzobispo de York, declara (XIII, 11): "Para aquel que puede realizar lo que prescribe el penitencial, está muy bien que lo haga; para aquel que no lo puede realizar, damos consejo según la misericordia de Dios. En vez de un día a pan y agua, que cante cincuenta salmos de rodilla o setenta salmos sin arrodillarse... Pero si no sabe los salmos y no puede ayunar, en lugar de un año a pan y agua que de veintiséis solidi en limosnas, que ayune hasta la hora de Nona en un día de cada semana, y hasta la hora de Vísperas en otro día, y en tres cuaresmas que de en limosnas la mitad de lo que recibe." La práctica de sustituir la recitación de los salmos o la limosna por una parte del ayuno se establece también en el Sínodo de Irlanda, en el 807, el cual dice (c. xxiv) que el ayuno del segundo día de la semana puede "redimirse" cantando un salterio o dando un denarius a un pobre. Aquí tenemos los comienzos de las así llamadas "redenciones" que prontamente pasarán a ser de uso común.

Entre otras formas de conmutación estaban las peregrinaciones a santuarios bien conocidos como el de San Albano en Inglaterra o el de Compostela en España. Pero el lugar más importante de peregrinación era Roma. Según Beda (674-735) la "visitatio liminum", o visita a la tumba de los Apóstoles, ya era vista como una buena obra de gran eficacia (Hist. Eccl., IV, 23). En un principio los peregrinos venían sólo a venerar las reliquias de los Apóstoles y mártires; pero con el paso del tiempo su objetivo principal fue ganar las indulgencias concedidas por el papa y colegadas a las Estaciones. Jerusalén, también, fue por mucho tiempo la destinación de estos viajes de piedad, y los relatos de los peregrinos sobre el modo en el que eran tratados por los infieles finalmente provocó las Cruzadas (q.v.). En el Concilio de Clermont (1095) la Primera Cruzada fue organizada, y se declaró (can. ii): "El que, por pura devoción y no por motivo de ganancia u honor, vaya a Jerusalén a liberar la Iglesia de Dios, que ese viaje le sea computado en lugar de todas las penalidades". Indulgencias semejantes se concedieron a lo largo de las cinco centurias siguientes (Amort, op. cit., 46s), siendo el objeto de ellas incentivar estas expediciones que significaban tantas penurias, pero que eran a la vez tan importantes para la Cristiandad y la civilización. El espíritu con el cual estas concesiones fueron hechas queda manifiesto en las palabras de San Bernardo, el predicador de la Segunda Cruzada (1146): "Recibe el signo de la Cruz, y obtendrás también la indulgencia por todo lo que has confesado con un corazón contrito" (ep. cccxxii; al., ccclxii).

Concesiones similares eran otorgadas frecuentemente en ciertas ocasiones, como las dedicaciones de las iglesias, por ejemplo la de la antigua Iglesia del Temple en Londres, que fue consagrada en honor de la Santísima Virgen María el 10 de Febrero de 1185 por Lord Heraclius, que concedió sesenta días de indulgencia para las penas que hubiesen tenido a todos aquellos que visitasen el templo anualmente, como atestigua la inscripción sobre la entrada principal. La canonización de los santos estaba marcada frecuentemente por la concesión de indulgencias, como por ejemplo en honor de San Laurencio O'Toole por parte de Honorio III (1226), en honor de San Edmundo de Canterbury por Inocencio IV (1248), y en honor de Santo Tomás de Hereford, por Juan XXII (1320). Una famosa indulgencia es la de la Portiuncula (q.v.), obtenida por San Francisco en 1221 de parte del papa Honorio III. Pero la más importante concesión durante este período es la indulgencia plenaria otorgada por Bonifacio VIII en 1300 a aquellos que, arrepentidos sinceramente y habiendo confesado sus pecados, visitasen las basílicas de los Santos Pedro y Pablo (ver JUBILEO).

Entre las obras de caridad que eran incentivadas por las indulgencias, el hospital tuvo un lugar prominente. Lea en su "History of Confession and Indulgences" (III, 189) menciona solamente el hospital de Santo Spirito en Roma, mientras que otro autor protestante, Uhlhorn (Gesc. d. Christliche Liebesthatigkeit, Stuttgart, 1884, II, 244) establece que "siempre que se repasan los archivos de cualquier hospital, se encuentran numerosas cartas de indulgencias". El hospital de Halberstadt en 1284 tenía no menos de catorce semejantes concesiones, cada una otorgando una indulgencia de cuarenta días. Los hospitales en Lucerna, Rothenberg, Rostock y Augsburgo tenían privilegios similares.


Abusos

Parecería extraño que la doctrina de las indulgencias significase semejante piedra de escándalo y provocase tantos prejuicios y oposición. Pero la explicación de este hecho puede encontrarse en los abusos que poco felizmente se han asociado con lo que en sí mismo es una práctica saludable. En este sentido, claro está, las indulgencias no son una excepción: no existe institución, por más santa que sea, que haya escapado a los abusos que provocan la malicia y la indignidad de las personas. Incluso la misma Eucaristía, como lo declara San Pablo, implica el comer y beber la propia condenación para aquel que no discierne el cuerpo del Señor (1 Cor., xi, 27-29). Y, así como la paciencia de Dios es constantemente abusada por parte de los que recaen en sus pecados, así también no es de sorprenderse que el ofrecimiento del perdón en la forma de las indulgencias haya conducido a malas prácticas. Estas han sido especial objeto de ataque debido, sin duda, a su conexión con la revuelta de Lutero (ver LUTERO). Por otro lado, no debe olvidarse que la Iglesia, mientras mantiene firmemente el principio e intrínseco valor de las indulgencias, ha condenado repetidamente sus abusos: de hecho, frecuentemente nos enteramos de cuán grave esos abusos habían sido precisamente viendo la severidad de la condena por parte de la Iglesia.

Aún en la época de los mártires, como se dijo antes, hubo prácticas ante las cuales San Cipriano se sintió en la obligación de reprender, aunque no prohibió a los mártires conceder el libelli. En tiempos posteriores, los abusos eran enfrentados por medidas represivas por parte de la Iglesia. Así, el Concilio de Clovesho en Inglaterra (747) condena a aquellos que imaginan que pueden satisfacer por sus crímenes sustituyendo sus propias austeridades por penitentes mercenarios. Contra las excesivas indulgencias concedidas por algunos prelados, el Concilio Laterano IV (1215) decretó que en la dedicación de una iglesia la indulgencia no deberá sobrepasar el año, y para el aniversario de una dedicación u otra circunstancia, no deberá sobrepasar los cuarenta días, siendo este el límite observado también por el mismo papa en semejantes ocasiones. La misma restricción fue puesta en vigor por el Concilio de Ravenna en 1317. En respuesta a las quejas de Dominicos y Franciscanos, que ciertos prelados habían usado de las indulgencias concedidas a sus respectivas órdenes con fines privados, Clemente IV en 1268 prohibió toda posible interpretación de las concesiones en ese sentido, declarando qué, cuando fuesen verdaderamente necesarias, serían concedidas por la Santa Sede. En 1330 los hermanos del hospital de Haut-Pas afirmaron falsamente que las concesiones hechas en su favor eran más extensas que lo que permitían los documentos: Juan XXII arrestó y envió a la prisión a todos estos hermanos en Francia. Bonifacio IX, escribiendo al obispo de Ferrara en 1392, condena las prácticas de ciertos religiosos que falsamente afirmaban que habían sido autorizados por el papa a perdonar todo tipo de pecados, y obtenían dinero por parte de los simples feligreses prometiéndoles felicidad perpetua en este mundo y gloria eterna en el otro. Cuando Enrique, Arzobispo de Canterbury, intentó en 1420 conceder una indulgencia plenaria al modo del Jubileo Romano, fue severamente amonestado por Martín V, que caracterizó la acción como "de una presunción inaudita y una audacia sacrílega". En 1450 el Cardenal Nicolás de Cusa, Legado Apostólico en Alemania, encontró algunos predicadores que proclamaban que las indulgencias libraban de la culpa del pecado como también de la pena por el mismo. Este error, debido a un mal entendimiento de las palabras "a culpa et a poena", fue condenado por el mismo Cardenal durante el Concilio de Magdeburgo. Finalmente, Sixto IV en 1478, para evitar la idea que la obtención de indulgencias pudiese ser un incentivo al pecado, reservó a la Santa Sede un extenso número de casos en los que, hasta el momento, los sacerdotes tenían facultades (Extrav. Com., tit. de poen. et remiss.).


1. El tráfico de las indulgencias

Estas medidas muestran claramente que la Iglesia, mucho antes de la Reforma, no sólo reconoció la existencia de abusos, sino que usó de su autoridad para corregirlos.

A pesar de todo esto, los desórdenes continuaron y dieron el pretexto a los ataques dirigidos contra la doctrina misma de las indulgencias, no menos que contra su práctica. Aquí, como en tantas otras cuestiones, el amor al dinero fue la raíz principal de los males: las indulgencias eran usadas por eclesiásticos mercenarios como fuente de ganancias pecuniarias. Dejando los detalles relativos a este tráfico para otro artículo (ver REFORMA), será suficiente aquí notar que la doctrina en sí misma no tiene conexión natural ni necesaria con ganancias pecuniarias, como consta por el hecho que las muchas indulgencias que se conceden en nuestros días están libres de asociación alguna con semejantes ganancias: las únicas condiciones que se requieren son las de recitar ciertas oraciones o la puesta en práctica de ciertas buenas obras o prácticas de piedad. Es ciertamente fácil ver cómo los abusos se abrieron camino entre las indulgencias: entre las buenas obras que pueden incentivarse a modo de condición para ganarlas, la limosna tendrá un lugar importante, mientras se inducirá a las personas a contribuir de la misma manera a una buena causa, como son la construcción de una iglesia, la puesta en marcha de hospitales, o la organización de una cruzada. Hay que observar que en estas cuestiones no hay nada que sea intrínsecamente malo. Dar dinero a Dios o a los pobres es un acto digno de alabanza, y cuando es hecho por los motivos apropiados sin duda no quedará sin recompensa. Visto bajo esta óptica, puede ser perfectamente lícito establecer la limosna como condición para ganar los beneficios espirituales de una indulgencia. Pero, a pesar de la inocencia de la práctica en sí mismo, ésta se vio gravada por un gran peligro, y pronto se volvió una fructuosa fuente de mal. Por una parte, estaba el peligro de que el pago fuese visto como el precio de la indulgencia, y que aquellos que buscaban de ganarla perdiesen de vista las otras condiciones más sustanciales. Por otro lado, los que concedían indulgencias podían caer en la tentación de convertir las indulgencias en una fuente de ingresos: a pesar de que los líderes de la Iglesia estuvieron libres de culpa en este sentido, hubo espacio para la corrupción entre sus oficiales y agentes, o entre los predicadores populares de indulgencias, clase felizmente desaparecida, pero cuyo tipo fue preservado en "Pardoner", de Chauser, con sus falsas reliquias e indulgencias.

Mientras no se puede negar que estos abusos se habían extendido ampliamente, también hay que notar que, aún durante los tiempos más marcados por la corrupción, estas concesiones espirituales eran usadas con mucho fruto por los cristianos sinceros, que las buscaban según su verdadero espíritu, y por sacerdotes y predicadores que insistían sobre la necesidad de un verdadero arrepentimiento. Por todo lo cual no es difícil entender porqué la Iglesia, en vez de abolir la práctica de las indulgencias, se esforzó más bien por promoverlas eliminando los malos elementos. El Concilio de Trento en su decreto "Sobre las Indulgencias" (Sesión XXV) declara: "Al conceder indulgencias el Concilio desea que sea observada moderación en acuerdo con la antigua y comprobada costumbre de la Iglesia, a fin de que una excesiva facilidad no relaje la disciplina eclesiástica; y además, buscando de corregir los abusos que se han infiltrado... establece que toda ganancia criminal conectada con ellas deberá ser totalmente cancelada como fuente de triste abuso entre el pueblo cristiano; y como en el caso de otros desórdenes que surgen por la superstición, ignorancia, irreverencia o por cualquier causa que sea - dado que estos desórdenes, por la extendida corrupción, no pueden ser removidos por una prohibición particular - el Concilio pone sobre las espaldas de cada obispo la obligación de encontrar dichos abusos si existen en su propia diócesis, de presentarlos ante el próximo sínodo provincial y de reportarlos, en consonancia con los otros obispos, al Romano Pontífice, por cuya autoridad y prudencia serán tomadas medidas para el bienestar de la Iglesia en general, de modo que el beneficio de las indulgencias pueda ser derramado sobre todos los fieles por medios que sean a la vez piadosos, santos y libres de corrupción". Después de deplorar el hecho que, a pesar de los remedios prescriptos por concilios anteriores, los negociantes (quaestores) de indulgencias continuaron su nefasta práctica para gran escándalo de los fieles, el concilio ordenó que el nombre y método de estos quaestores sea totalmente abolido, y que las indulgencias y otros favores espirituales de los cuales los fieles no deben verse privados sean publicados por los obispos y concedidos gratuitamente, de modo que todos puedan entender con toda claridad que estos tesoros celestiales fueron dispensados por causa de la piedad, y no por lucro (Sesión XXI, c. ix). En 1567 San Pío V canceló todo tipo de indulgencias que implicase algún estipendio u otra transacción financiera.


2. Indulgencias apócrifas

Uno de los peores abusos fue la invención o falsificación de indulgencias. Antes de la Reforma, semejantes prácticas abundaron y provocaron severas manifestaciones por parte de la autoridad eclesiástica, en particular durante el Cuarto Concilio de Letrán (1215) y el de Viena (1311). Después del Concilio de Trento la medida más importante que se tomó para prevenir semejantes fraudes fue la creación de la Congregación para las Indulgencias. Una comisión especial de cardenales trabajó durante los pontificados de Clemente VIII y Pablo V, reglamentando todas las cuestiones relativas a las indulgencias. La Congregación para las Indulgencias fue definitivamente establecida por Clemente IX en 1669, y reorganizada por Clemente XI en 1710. Ha provisto de un servicio eficiente al decidir varias cuestiones relativas a las concesión de las indulgencias y su publicación. La "Raccolta" (q.v.) fue editada por primera vez por uno de sus consultores, Telesforo Galli, en 1807; las últimas tres ediciones, 1877, 1886 y 1898 fueron publicadas por la Congregación. La otra publicación oficial es la "Decreta authentica", que contiene las decisiones de la Congregación desde 1668 a 1882. Fue publicada en 1883 por orden de León XIII. Ver también la "Rescripta authentica", de Joseph Schneider (Ratisbona, 1885). Por un Motu Proprio de Pío X, fechado el 28 de enero de 1904, la Congregación para las Indulgencias fue asociada a la Congregación de Ritos, sin ninguna disminución, sin embargo, de sus prerrogativas.


Efectos Saludables de las Indulgencias

Lea (History, etc., III, 446), un tanto a regañadientes, reconoce que "con el declive de las posibilidades financieras del sistema, las indulgencias se han multiplicado grandemente como incentivo para ejercicios espirituales, y dado que pueden ser obtenidas con mucha facilidad, no hay peligro ya de recaer en los viejos abusos, incluso considerando el más sutil sentido de conveniencia, característico de los tiempos modernos, tanto de parte de los prelados como del pueblo, que no ha obstaculizado el intento". La plena significación de esta "multiplicación", sin embargo, se encuentra en el hecho que la Iglesia, desraizando los abusos, ha mostrado el rigor de su vida espiritual. Ella ha mantenido la práctica de las indulgencias porque las mismas, cuando se usan en sintonía con lo que la Iglesia prescribe, refuerzan la vida espiritual induciendo a los creyentes a acercarse a los sacramentos y a purificar sus conciencias del pecado. Además, incentivan la realización, en un sincero espíritu religioso, de las obras que redundan no sólo en bien del individuo, sino también en la mayor gloria de Dios y el servicio del prójimo.

BELLARMINE, De indulgentiis (Cologne, 1600); PASSERINI, De indulgentiis (Rome, 1672); AMORT, De origine......indulgentiarum (Venice, 1738); BOUVIER, Traité dogmatique et pratique des indulgences (Paris, 1855): SCHOOFS, Die Lehre vom kirchl. Ablass (Munster, 1857); GRONE, Der Ablass, seine Gesch. u. Bedeutung (Ratisbon, 1863).
W. H. KENT
Transcrito por Charles Sweeney, S.J.
Traducido por P. Juan Carlos Sack

domingo, 10 de junio de 2012

¿Qué son las indulgencias? ¿Cuándo se pueden ganar y cómo?


Responde el P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
Fuente: http://www.teologoresponde.com.ar/respuesta.asp?id=23  
 Pregunta:

Quisiera saber que son las indulgencias. ¿Cuántas indulgencias se ganan al rezar el rosario? En este año especialmente y ¿siempre se pueden recibir las indulgencias? ¿Cómo se la adquiere y que se debe hacer para obtenerla? Gracias
Respuesta:
Del libro: Javier Palacios, Cristo, ayer, hoy y siempre, Ed. Verbo Encarnado

La indulgencia es uno de los elementos constitutivos del Jubileo. 'En ellas se manifiesta la plenitud de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos con su amor, manifestado en primer lugar, con el perdón de las culpas'(20).
Para la doctrina de las indulgencias, nos remitimos a la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica.

1.- ¿Qué son las indulgencias?

'La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos'.

2.- ¿Cuántas clases de indulgencias hay?

'La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente'.

3.- ¿A quién benefician?

'Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias' (CIC, can 992-994) (21).

4.- ¿Cuál es la consecuencia del pecado?

'Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la 'pena eterna' del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las creaturas que tienen necesidad de purificación, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de la que se llama la 'pena temporal' del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecado, de modo que no subsistiría ninguna pena (cf. Concilio de Trento: DS 1712-1713; 1820)'(22).

5.- Y si Dios ya me perdonó, ¿para qué tengo que ganar indulgencias?

'El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del 'hombre viejo' y a revestirse del 'hombre nuevo'' (cf.Ef 4,24) (23).

6.- ¿Cómo es posible nuestra remisión de las penas por los pecados?

'El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo. 'La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística'(24)'(25).

'En la comunión de los santos, por consiguiente, 'existe entre los fieles -tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra- un constante vínculo de amor, un abundante intercambio de todos los bienes' (26) en este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado'(27).

7.- ¿A quién debemos esta remisión?

'Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, 'que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención (cf.Heb 7,23-25; 9,11-28)'(28)'(29).

' Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos, que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo Místico'(30).

8- ¿Quién distribuye las indulgencias?

'Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad'(31).

9.- ¿Qué puedo hacer por un fiel difunto?

'Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados'(32).


Condiciones para ganar la Indulgencia

Para poder beneficiarse de las indulgencias es necesario estar bautizado, no excomulgado 
y en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas para ganar la indulgencia.

Para que el sujeto que reúne estas condiciones se beneficie, debe tener intención aunque sea general, de ganarlas y de cumplir las obras prescritas dentro del tiempo establecido y en la forma debida.

Indulgencia plenaria

Las siguientes oraciones y acciones, entre otras, tienen indulgencia plenaria, si se cumplen las condiciones requeridas:

• 'A Ti, oh Dios, te alabamos...' (Te Deum): 1º de enero y en la Solemnidad de Pentecostés.

• 'Adorad postrados...' (Tantum ergo): Jueves Santo después de la Misa In Coena Dominiy en la acción litúrgica del Corpus Christi.

• 'Jesús dulcísimo...' (Acto de reparación): rezado públicamente el día del Sagrado Corazón.

• 'Miradme, oh mi amado y buen Jesús...': Los viernes de Cuaresma.

• 'Ven, Espíritu Creador...' (Veni Creator): rezado públicamente el 1° de enero y en la Solemnidad de Pentecostés.

• Rezar el Via Crucis: ante las estaciones, pasando de una a otra por lo menos quien lo dirige, meditando las escenas si se desea, con alguna oración vocal.

• Rezo del Santo Rosario: rezándolo en una iglesia, en un oratorio, en familia, o en comunidad. Es suficiente con rezar sólo cinco de los quince misterios, con la meditación de los misterios que se rezan.

• Adoración al Santísimo durante al menos media hora.

• Adoración de la Cruz: en la acción litúrgica del Viernes Santo.

• Realizar Ejercicios Espirituales o retiros similares, al menos de tres días de duración.

• Recibir la Bendición Papal Urbi et Orbi; también es válida por radio o televisión.

• Asistir al rito con que se clausura un Congreso Eucarístico.

• Al sacerdote que celebra los 25, 50, 60 años como aniversario de su ordenación, es extensiva a quienes le acompañen en la Santa Misa.

• Lectura de la Sagrada Escritura: al menos media hora.

• Visitar la iglesia parroquial en la fiesta titular y el 2 de agosto (indulgencia de la Porciúncula). Lo mismo vale para la Iglesia catedral o concatedral o para las iglesias 
cuasiparroquiales.

• Recibir la bendición apostólica en peligro de muerte inminente. En el caso de que no haya sacerdote, la Iglesia concede esta misma indulgencia con tal que se haya rezado habitualmente algunas oraciones (se suplen las tres condiciones habituales para ganar la indulgencia plenaria).

• Asistir a la predicación de algunos sermones, participando en la clausura de una Santa Misión.

• Visitar una iglesia u oratorio el día de su santo Fundador, rezando un Padrenuestro y un credo.

• Visitar las Basílicas Patriarcales o Mayores de Roma el día de la fiesta titular, en cualquier día de precepto o en día cualquiera del año elegido por el mismo fiel: ha de rezarse el Padrenuestro y el Credo.

• Visitar una iglesia u oratorio el día de Todos los difuntos (o con consentimiento del obispo, el domingo anterior o el posterior). Esta indulgencia sólo es aplicable a las almas del purgatorio.

• Visitar una iglesia o altar en el día de su dedicación, rezando un Padrenuestro y un Credo.

• Usar el día de los Santos Pedro y Pablo (29 de junio) algún objeto piadoso bendecido por el Papa o un obispo, rezando un Credo.

• Al nuevo sacerdote en su Primera Misa Solemne, y a quienes asistan a ella.

• Renovación de las promesas del bautismo: en la Vigilia pascual o en el aniversario del bautismo.

• Visitar la iglesia en que se celebra el Sínodo diocesano mientras éste dura, rezando el Padrenuestro y el Credo.

• Visitar las iglesias estacionales en su día propio, asistiendo a las funciones de la mañana o de la tarde.

• Al fiel que hace la Primera Comunión, y a quienes le acompañan.

• Visita al cementerio en los primeros ocho días del mes de noviembre, orando (basta mentalmente) por los fieles difuntos.

• En la visita pastoral, pueden beneficiarse de la indulgencia una vez si se asiste a una función sagrada presidida por el visitador.

Condiciones para la indulgencia plenaria

Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia cumpliendo tres condiciones:

Confesión sacramental

Comunión Eucarística

Oración por las intenciones del Papa

Con una sola confesión sacramental puede ganarse varias indulgencias plenarias; en cambio, con una sola comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Papa sólo se gana una indulgencia plenaria. Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia, pero es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día.

La condición de orar por las intenciones del Papa se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y un Avemaría; pero se concede a cada fiel la facultad de orar con cualquier fórmula, según su piedad y devoción.
La indulgencia plenaria únicamente puede ganarse una vez al día, pero el fiel cristiano puede alcanzar indulgencia plenaria in artículo mortis, aunque el mismo día haya ganado otra indulgencia plenaria.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

La obra indicada para obtener la indulgencia plenaria aneja a una iglesia u oratorio consiste en la visita piadosa de este lugar, rezando el Padrenuestro y el Credo, a no ser que en algún caso especial se establezcan otras condiciones.

Indulgencia parcial

Las siguientes oraciones y acciones tienen indulgencia parcial, todas las que van señalizadas con (*) pueden alcanzar la indulgencia plenaria si se cumplen los requisitos de la misma:

• 'A Ti, bienaventurado José...'.

• 'A ti, oh Dios, te alabamos...' (Te Deum)*.

• 'Acordaos, oh piadosísima Virgen María...'.

• 'Ángel de Dios, tú que eres mi custodio...'.

• 'Aquí estamos, Señor, Espíritu Santo...'.

• 'Santos Apóstoles Pedro y Pablo...'.

• 'Misericordia, Dios mío...' (Salmo 50).

• 'María, Madre de gracia y de clemencia...'.

• 'Adorad postrados...' (Tantum ergo)*.

• 'Oh, sagrado banquete'.

• 'Miradme, oh mi amado y buen Jesús...'*.

• 'Señor, a todos los que por amor...' (Oración por nuestros benefactores).

• 'Señor, Dios Todopoderoso, que nos has hecho llegar al comienzo de este día...'.

• 'Bajo tu protección...' (Sub tuum praesidium).

• 'Señor, dales el descanso eterno...' Esta indulgencia se aplica sólo a los difuntos.

• 'Adórote devotamente...' (Adoro te devote).

• 'Alma de Cristo...'.

• 'Proclama mi alma...' (Magnificat).

• 'Oremos por nuestro Pontífice...'.

• 'Jesús dulcísimo, cuya caridad...'.

• 'Desde lo hondo...'.

• 'Ven, Espíritu Creador...' (Veni Creator).

• 'Ven, Espíritu Santo...' (Veni, Spiritus Sanctus).

• 'Jesús dulcísimo, Redentor del género humano...' (Consagración a Cristo Rey).

• 'Te damos gracias...'

• 'Señor... dígnate enviar a su santo ángel...'.

• 'Señor, que tu gracia inspire...'.

• 'Visita, Señor esta habitación...'.

• Rezar la Salve.

• Rezar el Santo Rosario.

• Rezar el Angelus durante el tiempo ordinario.

• Rezar el Credo, ya sea el apostólico o el niceno-constantinopolitano*.

• Rezar el Regina Coeli durante el tiempo pascual.

• Rezar Laudes o Vísperas del Oficio de difuntos.

• Rezo de cualquiera de las Letanías aprobadas por la Iglesia, entre otras: del Santísimo 

Nombre de Jesús, del Sagrado Corazón de Jesús, de la Preciosísima Sangre de Nuestro 
Señor Jesucristo, de Santa María Virgen, de San José y de los Santos.

• Rezar las oraciones para pedir por las vocaciones.

• Rezar por la unidad de los cristianos.

• Rezo de cualquiera de los oficios parvos.

• Rezar una oración en honor de un santo en el día de su celebración litúrgica.

• Adoración del Santísimo Sacramento (Visita al Santísimo)*.

• Hacer un acto de contrición.

• Leer la Sagrada Escritura como lectura espiritual*.

• La comunión espiritual.

• Asistir a las Novenas con motivo de Navidad, Pentecostés o de la Inmaculada 
Concepción.

• Cualquier acto de fe, esperanza o caridad.

• Hacer un rato de oración mental.

• Renovar las promesas del bautismo*.

• Impartir o aprender la doctrina cristiana.

• Realizar la Señal de la cruz, pronunciando las palabras de costumbre.

• Visitar las catacumbas.

• Asistir a la predicación de la palabra de Dios*.

• Visitar una iglesia u oratorio en los días en que se realiza la visita pastoral*.

• Usar los objetos piadosos con la bendición debida*.

• Visitar las iglesias estacionales en su día propio.

Condiciones generales para la indulgencia parcial

La indulgencia parcial se concede a los fieles cristianos que, en el cumplimiento de sus obligaciones y en el sufrimiento de las dificultades de la vida, eleva su alma a Dios con humilde confianza, añadiendo, aunque sólo sea mentalmente, alguna piadosa invocación.

La indulgencia parcial se concede al fiel cristiano que, movido por el Espíritu de fe, se entrega a sí mismo o sus bienes, con sentimientos de misericordia, al servicio de los hermanos necesitados.

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que, con espíritu de penitencia, se priva voluntariamente de alguna cosa lícita y agradable.

Disposiciones para obtener la indulgencia jubilar

Decreto de la Penitenciaría Apostólica

Con el presente decreto, que da cumplimiento a la voluntad del Santo Padre expresada en la Bula para la convocación del Gran Jubileo del año 2000, la Penitenciaría Apostólica, en virtud de las facultades concedidas por el mismo Sumo Pontífice, determina la disciplina que se ha de observar para la obtención de la indulgencia jubilar.

Todos los fieles debidamente preparados pueden beneficiarse copiosamente del don de la indulgencia durante todo el Jubileo, según las disposiciones especificadas a continuación.
Teniendo presente que las indulgencias ya concedidas, sea de manera general, sea por un rescripto especial, permanecen en vigor durante el Gran Jubileo, se recuerda que la indulgencia jubilar puede ser aplicada como sufragio por las almas de los difuntos. Con esta práctica se hace un acto de caridad sobrenatural, por el vínculo mediante el cual, en el Cuerpo místico de Cristo, los fieles todavía peregrinos en este mundo están unidos a los que ya han terminado su existencia terrena. Durante el año jubilar queda también en vigor la norma según la cual la indulgencia plenaria puede obtenerse solamente una vez al día (33).

Culmen del Jubileo es el encuentro con Dios Padre por medio de Cristo Salvador, presente en su Iglesia, especialmente en sus Sacramentos. Por esto, todo el camino jubilar, preparado por la peregrinación, tiene como punto de partida y de llegada la celebración del sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía, misterio pascual de Cristo, nuestra paz y nuestra reconciliación: éste es el encuentro transformador que abre al don de la indulgencia para uno mismo y para los demás.

Después de haber celebrado dignamente la confesión sacramental, que de manera ordinaria, según el can. 960 del CIC y el can. 720 del CCEO, debe ser en su forma individual e íntegra, el fiel, una vez cumplidos los requisitos exigidos, puede recibir o aplicar, durante un prudente período de tiempo, el don de la indulgencia plenaria, incluso cotidianamente, sin tener que repetir la confesión.

Conviene, no obstante, que los fieles reciban frecuentemente la gracia del sacramento de la Penitencia, para ahondar en la conversión y en la pureza de corazón (34). La participación en la Eucaristía -necesaria para cada indulgencia- es conveniente que tenga lugar el mismo día en que se realizan las obras prescritas (35).

Estos dos momentos culminantes han de estar acompañados, ante todo, por el testimonio de comunión con la Iglesia, manifestada con la oración por las intenciones del Romano Pontífice, así como por las obras de caridad y de penitencia, según las indicaciones dadas más abajo. Estas obras quieren expresar la verdadera conversión del corazón a la que conduce la comunión con Cristo en los Sacramentos. En efecto, Cristo es la indulgencia y la propiciación por nuestros pecados (1 Jn 2, 2). ÉI, infundiendo en el corazón de los fieles el Espíritu Santo, que es 'el perdón de todos los pecados' (36), impulsa a cada uno a un filial y confiado encuentro con el Padre de la misericordia. De este encuentro surgen los compromisos de conversión y de renovación, de comunión eclesial y de caridad para con los hermanos.

Para el próximo Jubileo se confirma también la norma según la cual los confesores pueden conmutar, en favor de quienes estén legítimamente impedidos, tanto la obra prescrita como las condiciones requeridas (37). Los religiosos y religiosas de clausura, los enfermos y todos aquellos que no puedan salir de su vivienda, podrán realizar, en vez de la visita a una determinada iglesia, una visita a la capilla de la propia casa; si ni siquiera esto les fuera posible, podrán obtener la indulgencia uniéndose espiritualmente a cuantos cumplen en el modo ordinario la obra prescrita, ofreciendo a Dios sus oraciones, sufrimientos y molestias.

Respecto a los requisitos necesarios los fieles pueden obtener la indulgencia jubilar:

1) En Roma, haciendo una peregrinación a una de las Basílicas patriarcales, a saber, la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la Archibasílica del Santísimo Salvador de Letrán, la Basílica de Santa María la Mayor o la de San Pablo Extramuros en la vía Ostiense, y participando allí con devoción en la Santa Misa o en otra celebración litúrgica como Laudes o Vísperas, o en un ejercicio de piedad (por ejemplo, elVia Crucis, el Rosario mariano, el rezo del himno Akàthistosen honor de la Madre de Dios); también visitando, en grupo o individualmente, una de las cuatro Basílicas patriarcales y permaneciendo allí un cierto tiempo en adoración eucarística o en meditación espiritual, concluyendo con el 'Padre nuestro', con la profesión de fe en cualquiera de sus formas legítimas y con la invocación a la Santísima Virgen María. En esta ocasión especial del Gran Jubileo, se añaden a las cuatro Basílicas patriarcales los siguientes lugares y con las mismas condiciones: la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, la Basílica de San Lorenzo junto al cementerio Verano, el Santuario de la Virgen del Divino Amor y las Catacumbas cristianas (38).

2) En Tierra Santa, observando las mismas condiciones y visitando la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén, la Basílica de la Natividad en Belén o la basílica de la Anunciación en Nazaret.

3) En las demás circunscripciones eclesiásticas, haciendo una peregrinación a la Iglesia Catedral o a otras iglesias o lugares designados por el Ordinario y asistiendo allí con devoción a una celebración litúrgica o a otro tipo de ejercicio, como los indicados anteriormente para la ciudad de Roma; también visitando, en grupo o individualmente, la iglesia Catedral o un Santuario designado por el Ordinario, permaneciendo allí un cierto tiempo en meditación espiritual, concluyendo con el 'Padre nuestro', con la profesión de fe en cualquiera de sus formas legítimas y con la invocación a la Santísima Virgen María.

4) En cada lugar, yendo a visitar por un tiempo conveniente a los hermanos necesitados o con dificultades (enfermos, encarcelados, ancianos solos, minusválidos, etc.), como haciendo una peregrinación hacia Cristo presente en ellos (cf. Mt 25, 34-36) y cumpliendo los requisitos espirituales acostumbrados, sacramentales y de oración. Los fieles querrán ciertamente repetir estas visitas durante el Año Santo, pudiendo obtener en cada una de ellas la indulgencia plenaria, obviamente una sola vez al día.

La indulgencia plenaria jubilar podrá obtenerse también mediante iniciativas que favorezcan de modo concreto y generoso el espíritu penitencial, que es como el alma del Jubileo. A saber: absteniéndose al menos durante un día de cosas superfluas (por ejemplo, el tabaco, las bebidas alcohólicas, ayunando o practicando la abstinencia según las normas generales de la Iglesia y las de los Episcopados) y dando una suma proporcionada de dinero a los pobres; sosteniendo con una significativa aportación obras de carácter religioso o social (especialmente en favor de la infancia abandonada, de la juventud con dificultades, de los ancianos necesitados, de los extranjeros en los diversos países donde buscan mejores condiciones de vida); dedicando una parte conveniente del propio tiempo libre a actividades de interés para la comunidad u otras formas parecidas de sacrificio personal.
 
Roma, en la Penitenciaría Apostólica, 29 de noviembre de 1998, 1° domingo de Adviento.
WILLIAM WAKFFIELD Card. BAUM
Penitenciario Mayor
LUIGI DE MAGISTRIS
Regente
 
(20) Juan Pablo II, Incarnationis Mysterium, Bula de convocación del Gran Jubileo del Año 2000, 9.
(21) Catecismo de la Iglesia Católica, 1471.
(22) Ibid., 1472.
(23) Ibid., 1473.
(24) Pablo VI, Constitución Apostólica Indulgentiarium Doctrina, 5.
(25) Catecismo de la Iglesia Católica, 1474.
(26) Pablo VI, Indulgentiarium Doctrina, 5.
(27) Catecismo de la Iglesia Católica, 1475.
(28) Pablo VI, Indulgentiarum Doctrina, ibid
(29) Catecismo de la Iglesia Católica, 1476.
(30) Pablo VI, Ibid., 1477.
(31) Cf. Pablo VI, ibid., 8, Concilio de Trento; DS 1835, Ibid., 1478.
(32) Ibid., 1479.
(33) Cf. Enchiridion indulgentiarum, LEV 1986 norm. 21, 1.
(34) Ibid., norm. 23, 1-2.
(35) Ibid., norm. 23, 3.
(36) 'Quia ipse remissio omnium peccatorum': Missale Romanum, Super oblata, Sabbato post Dominicam VII Paschae.
(37) Cf. Ench. indulg., norm. 27.
(38) Ibid., conces, 14.
 

OBSERVACIONES

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